Me fui

Un día aprendí a irme. Aprendí a dejar de ignorar las banderas rojas, a no soportar más de la cuenta y, sobre todo, a soltar la idea de que para ser feliz tenía que hacerme pequeña. Durante mucho tiempo creí que debía dejar de ser “too much” para que la persona que caminara a mi lado no solo se sintiera cómoda, sino que pudiera aceptarme por completo.
Contrario a lo que muchas veces nos enseñan, irse también es un acto de valentía.
No me fui porque me hubiera rendido, sino porque ya estaba cansada de intentarlo, de estirarme hasta romperme, de aguantar lo que nunca debí normalizar. Esa noche del 29 de diciembre le dije adiós a Patrick mientras subía a mi hijo al carro, despidiéndome no solo de una persona, sino de una relación que había idealizado.
Me fui sabiendo que era la decisión correcta y, aun así, cuando crucé esa puerta sentí cómo se me rompía el alma. Fue la primera vez que tuve el valor de irme. Y aunque el corazón me dolía, también supe que estaba rompiendo un patrón: el de quedarme infeliz e inmóvil, esperando a que las cosas cambiarán o a que fuera la otra persona quien decidiera marcharse.
Aprender a irme de los lugares y de la vida de las personas que no merecen mi presencia ha sido una de las lecciones más difíciles. Durante años, la vida me repitió la misma enseñanza, hasta que finalmente tuve el coraje de escucharla. Necesitaba tener el valor de irme para que la lección no volviera a repetirse.
No escribo esto desde el ego ni desde la soberbia. La vida me dio la oportunidad de salir con hombres que me encantaban físicamente y gracias a esas experiencias; y a creer que estaba consiguiendo lo que quería, entendí algo importante: nunca supe lo que realmente estaba buscando. Pero con el tiempo, y también con las heridas, aprendí algo aún más valioso: aunque hoy no tengo todas las respuestas, sí tengo claro lo que no quiero y, sobre todo, sé lo que no estoy dispuesta a volver a soportar ni a permitir.
Hace doce días decidí volver a irme.
Tres 29 de diciembre después de la primera vez que lo hice. Pero esta vez fue distinto.
A veces, entre lágrimas mientras escribo, me pregunto si me fui por miedo o simplemente porque entendí que Miel y yo no estábamos en la misma página. Aquella tarde en la que me fui, lo hice sin realmente querer hacerlo, conteniendo esas ganas inmensas que tenía de quedarme. Me fui en el afán de proteger mi corazón y de no volver a perderme en un amor de esos que me hacen dudar de mi valor.
Tres días antes de tomar mi decisión, Miel y yo tuvimos una de esas conversaciones incómodas; la clase de conversación que se repite muchas veces en la mente de una persona ansiosa (la mía), y que finalmente me encaminó a tomar lo que considero, hasta hoy, la mejor decisión: separarnos.
No sé si ya he escrito acerca de las “casillas”, pero es una conversación que siempre sale a flote cuando estoy en terapia con Juana. Ella suele decir que mi vara para medir a las personas es muy alta porque soy muy exigente conmigo misma; que no debería tener tantas casillas que marcar, sino enfocarme en tener claro qué quiero encontrar en mi compañero de días. Ella insiste en que debo darme la oportunidad de ser feliz, incluso si la persona con la que decida hacerlo no cumple con todas mis expectativas.
Cuando me voy no sé hacia dónde me dirijo, pero sí tengo claro que no quiero volver al lugar que estoy dejando. No, no estoy huyendo del amor. Pero, a decir verdad, desde que la vida me obligó a hacerme madre soltera, no solo mis prioridades cambiaron, sino también la idea con la que crecí: la de que es necesario tener un hombre a mi lado. Esa idea murió cuando empecé a darme cuenta de que podía lograr mis sueños sola; que podía permitir que alguien entrara a mi vida desde la elección y no la necesidad de estar acompañada o sentirme amada.
La persona con la que me encantaría construir una vida y compartir mis días no tiene que ser un hombre perfecto, y mucho menos un ser extraordinario. Solo deseo que sea un hombre bueno.
No tiene que estar listo para ser el padre de mi hijo, porque esa responsabilidad no le corresponde. Lo que deseo es alguien que me acompañe en cada etapa de mi vida; alguien que pueda ser un buen ejemplo para Logan; alguien que me acepte tal y como soy; que me impulse cada día a seguir convirtiéndome en la mejor versión de mí misma y a perseguir cada uno de mis sueños, aquellos que ojalá con el paso del tiempo se vuelvan nuestros.
Alguien que quiera levantarse temprano a pasear al perro; el mismo que llegue de su trabajo, dispuesto a preparar la cena; alguien que un viernes cualquiera llegue con flores y decore la mesa. Un hombre que juegue con mi cabello y escuche atentamente lo que estoy diciendo.
Al final del día, lo único que realmente desea mi corazón es un compañero consistente, emocionalmente disponible, que se ame profundamente para así poder amar a mi familia de dos; alguien que desee sinceramente sanar su pasado para poder enfocarse en nuestro presente.
No me importa su sueldo ni su profesión, pero sí espero que ame su trabajo tanto o más como lo hago yo. Que sea alguien capaz de ser vulnerable, que haya aprendido a amar mejor como resultado de todo el dolor que vivió y que esté dispuesto a sanar aquellas heridas que yo no causé; alguien que no me use para olvidarse de su ex.
Un individuo que pueda sentarse con su dolor y sentirlo; en vez de acumularlo, alguien que haya hecho buen uso del tiempo y de su soledad. Alguien que vaya a terapia, no está de más porque se conoce y se ama lo suficiente como para saber a qué está dispuesto a comprometerse.
No me importa su cultura ni su idioma. Aunque después de mi relación con Patrick entendí que, para que algo funcione, no solo debemos abrir los brazos, sino también la mente. Alguien que quiera recorrer el mundo tomado de mi mano, pero que también esté dispuesto a compartir el suyo conmigo.
Alguien que tenga horarios, responsabilidades, hobbies y una vida social, y que poco a poco me deje ser parte de ella, sin renunciar a su independencia, pero siempre dándome el lugar en su vida que merezco; porque a estas alturas, ya no estoy dispuesta a ser menos que una prioridad.
Alguien que mantenga una relación estable con su familia; que esté en contacto frecuente con sus hermanos, sus sobrinos, sus padres. Alguien con quien valga la pena trasnochar los 24 de diciembre porque no quisimos irnos a dormir por seguir bailando. Alguien a quien pueda besar los 31, porque empezar el año nuevo a su lado siempre será mejor que hacerlo separados. Alguien que no tenga que ser ‘domesticado’ o ‘entrenado’ para sorprenderme con las cosas que me gustan sino que sepa maravillarme los domingos en la mañana con el desayuno en la cama, porque sabe lo feliz que me hace, cada vez que le nace tener conmigo esta clase de detalles.
Me fui, pero esta vez fue distinto. En medio de lagrimas decidí escribir esta lista, para recordar las razones por las cuales decidí no quedarme; y deseando que algún día a mi vida llegue alguien que este dispuesto a dar su 100% y me llene de motivos para no querer salir corriendo.

