Adormecida
Llevo UNA semana y media sin llorar.
Claro, eso es un logro para alguien cuya normalidad es llorar todo el tiempo.
Estuve comprometida durante 21 días con el ayuno de Daniel y con el ayuno de redes sociales, pero para ser honesta, este segundo año se me hizo un poco más difícil que el anterior.
Mi plan jamás fue empezar el año enfrentándome a una ruptura amorosa, y mucho menos no poder sentarme a ahogar mis penas con litros de helado o algunas copas de vino después del trabajo.
Los primeros cinco días del ayuno siempre son los más duros, porque tuve que despedirme del café, los azúcares y el pan, mientras me preparaba para volver a ver a Miel.
No sé si alguien ha intentado dejar el café alguna vez, pero los síntomas de abstinencia —como el dolor de cabeza, la irritabilidad y la fatiga— son los peores.
Ahora imagínense cómo me sentía mientras mi cuerpo experimentaba estos síntomas y, al mismo tiempo, el duelo emocional de la ruptura.
La intención detrás del ayuno es reconectar con Dios, darle el lugar que se merece en nuestra vida (el primero) y recargarnos a través de la oración y nuestra relación con Él.
La mayoría de mis oraciones estuvieron acompañadas de la misma petición: encontrar mi paz interior. Algunas personas a mi alrededor me sugirieron orar para encontrar una posición como maestra, pero quizás en esos días, cuando lo que más me pesaba era mi alma herida, la única oración que consideré verdaderamente importante fue aprender a dejar ir; soltar el control y, sobre todas las cosas, pedirle a Dios que me ayudara a limpiar mi corazón y a trabajar en esas áreas de mi vida que aún siguen en construcción.
Por un par de semanas lloré en los sermones; lloré en las mañanas y en las noches mientras oraba. Quizás ese fue el mismo número de días en los que solo podía permanecer activa durante las horas de trabajo, para luego llegar a casa y simplemente pudrirme en mi cama.
Durante esos días no pude ser el adulto que Logan necesitaba, la hija que Martha Elena extrañaba, la amiga que casi nunca puede parar de reírse ni la asistente que siempre saludaba efusivamente a sus estudiantes al llegar al salón de clase.
Pero antes de que se acabara el año, hice una cita con el doctor, porque sentía que mi mente me estaba ganando y que todos los pensamientos que viven en ella se estaban apoderando de mis relaciones, mis comportamientos, mis conversaciones y mis acciones.
Hace años, Logan fue diagnosticado con ADHD, y la idea de que yo fuera la responsable de su diagnóstico siempre ha vivido en mi cabeza. Sin embargo, esa idea empezó a retumbar con más fuerza cuando Logan comenzó a decirme:
—Mamá, tú eres tan inquieta como yo.
Y cuando me di cuenta de que no me siento eficiente si me quedo quieta, de que siempre necesito estar en constante movimiento.
Entré a aquel consultorio con la idea de recibir un diagnóstico de ADHD, pero salí recibiendo otro. Digamos que, por la manera en que crecí y el lugar donde lo hice, mi idea acerca de la medicación siempre fue usarla solo cuando es estrictamente necesario: un resfriado, cólicos, una infección o un dolor crónico que no soporto.
Pero cuando el comportamiento de Logan empezó a afectar a sus compañeros de clase, mi forma rígida de ver la medicación se volvió un poco más flexible. Aunque me atormenta el refrán de que “el remedio es peor que la enfermedad”, ahora soy más consciente de que, si algo me beneficia, vale la pena intentarlo.
Cuando llegamos al consultorio, me entregaron un cuestionario de ansiedad generalizada y depresión, porque al parecer son trastornos que coexisten, y por primera vez en mi vida traté de ser lo más honesta posible.
Cuando la doctora finalmente entró, lo primero que me dijo fue que no podía hacerme una evaluación para determinar si tenía ADHD, pero que sin duda podía medicarme con antidepresivos, porque los puntajes que obtuve en ambos cuestionarios fueron altos.
La doctora me dio un par de días para tomar una decisión. Mientras leía los efectos secundarios de ambas medicaciones, fue imposible no preguntarme si he pasado la mitad de mi vida siendo una persona depresiva que creía que simplemente sentía demasiado; alguien que nunca tuvo tiempo de detenerse a sentirlo todo porque tenía la obligación de permanecer fuerte por ese par de ojos que siempre la observan, por ese pequeño que la necesita incluso en los días en los que no he podido darle la mejor versión de mí.
Muchos se preguntarán: ¿y el ayuno no te va a ayudar con la ansiedad? ¿La alabanza? ¿La oración?
No estoy tratando de justificarme, pero por años creí que la terapia era la única solución. En mis sesiones, esta fue una conversación que ya había tenido con Juana (mi terapeuta), aunque ella siempre me respondía lo mismo:
—Yo no puedo medicarte. La medicina puede ayudarte, pero no va a cambiar todo en lo que tú tienes que trabajar.
En medio del caos constante que vive en mi cabeza y que nunca cesa, recordé la historia de un hombre que recibe un flotador y toma la decisión consciente de no aceptarlo porque está esperando que Dios sea quien lo salve directamente. Se olvidó del refrán: “Ayúdate, que yo te ayudaré.”
A diferencia de aquel hombre, estoy dispuesta a tomar el flotador, porque no solo quiero salvarme, sino también disfrutar todo lo que la vida tiene para ofrecerme.
Siempre tuve una excusa para evitar enfocarme en este tema. La mayoría del tiempo era ser una mamá trabajadora criando sola; después, una estudiante universitaria; y ahora que ya me gradué, podría decir que estoy triste por no poder vivir mi ruptura y mi tusa bajo mis propios términos.
Pero esas ganas de quedarme en la cama y no hacer nada, se han venido apoderando de mi cuerpo desde hace mucho tiempo. Aprendí a vivir con el sentimiento de no poder —o no querer— hacer nada, porque me siento completamente drenada.
Así que, después de hablarlo con Juana, leer los efectos secundarios y orar sobre mi situación, decidí mandarle un mensaje a mi doctora para recibir la prescripción.
Lo que voy a describir en los siguientes párrafos es la manera en que esta pastilla me ha hecho sentir durante la última semana y media: mi experiencia personal después de ingerir 10 mg diarios de Lexapro.
El primer día me sentí invencible, como esas personas que van al dentista, necesitan ser sedadas y salen inmensamente felices, aunque un poco atontadas.
Los días siguientes tuve algo de dolor de estómago y me sentía en piloto automático: desenfocada, haciendo las cosas por hábito y por inercia. (Zombie con emociones apagadas🧟♀️).
Creo que lo más parecido a cómo me he sentido últimamente es el meme del perro que parece perdido en el espacio: vivo en mi propio mundo, desinteresada de lo que pasa a mi alrededor.
Durante cinco días consecutivos me desperté a las 2:00 a. m. y no pude volver a dormirme (insomnia).
La gente a mi alrededor me pregunta dónde está la versión expresiva, ruidosa y alegre de Adriana, y yo pienso en la canción de Julieta Venegas:
“No se ve, pero siento que hay en mí algo que está cambiando.”
Creo que lo que más me preocupa a estas alturas no es que mi cuerpo se acostumbre a producir la cantidad adecuada de serotonina ni que aparezcan algunos de los peores efectos secundarios, sino creer que la mujer que siempre fui, la que amé y defendí, era el mero resultado de su ansiedad y de los 2.500 pensamientos que habitaban su mente en un solo minuto.
Quizás esta versión de mí, más callada, menos emocional y más serena, era exactamente lo que necesitaba para sentirme sana y empezar a calmar la ansiedad que tanto me desesperaba; quizás no pueda sentir tan profundamente ni reírme con el alma, pero gracias a esta pastilla blanca, tal vez recupere la calma que mi vida necesitaba.





